miércoles, 30 de enero de 2019

BLADE RUNNER

Ridley y Pepe, dos adelantados a su tiempo.


Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. El trono encendido de la Virgen del Rocío en mayo más allá de Orión, volviendo por la Cruz Verde, el barrio que lleva por nombre el emblema de la Inquisición, tribunal que tuvo allí su sede para limpiar sangres y credos, justo donde ahora sangres asiáticas y credos árabes regentan negocios de horarios eternos bajo luces de neón, en los que es más fácil hallar manjares sintéticos denominación de origen “Ruta de la Seda” que una cerveza fría, malagueña y exquisita, pasadas las diez (aunque no hay mejor salvoconducto para obtenerla de extraperlo que una corbata y traje negros de figurante de procesión extraordinaria).

He visto navideños rayos-C brillar en calle Larios cerca de la Puerta de Tannhäuser y charlado de cofradías el día de Reyes con la replicante Alexa, sucumbiendo al encanto frío de su inteligencia artificial, aún verde pero por eso mismo inocente y llena de esperanza. Pronto me responderá adecuadamente a la pregunta: “Alexa ¿dónde vive la vera efigie de la Reina de cielo?”, recitará mi credo y me enamoraré de ella como Joaquin Phoenix en la peli “Her”.

            No he contemplado coches voladores pero sí humanos levitando un palmo sobre el suelo por calles y aceras repletas, helicópteros adelantando el estruendo de la Vigilia Pascual a los días santos por peligros globales sinsentido, cabezas y drones calientes y a cofrades teletransportarse en cuerpo y alma a otras procesiones lejanas con sus terminales.

            De noche, por Miraflores, todos los gatos son tan pardos como los del 2019 en el San Francisco estadounidense de la película Blade Runner que soñó Ridley Scott. Sus vecinos son afortunados, pronto todos querrán tener uno de sus rascacielos, también sus problemas de acceso y de aparcamiento, salvo el actual concejal de urbanismo que una vez retirado retornará a algún chalecito luminoso en el Limonar, donde ninguna torre de puerto le tape el sol que dé vida a sus viejas articulaciones y a sus neuronas en retirada.

            Ya estamos en el 2019, en el 2019 de Blade Runner, y los grandes almacenes cubren sus fachadas con enormes pantallas de televisión llegadas del más allá para iluminar la noche con sus promociones. Ya vivimos en el año de aquella profética película y las cofradías somos como la gigantesca japonesa del anuncio, la que se comía el caramelo con el llamativo reclamo de su atuendo tradicional, un fósil visual fuera de tiempo que se perpetúa en la historia como en nuestra memoria. La ciencia dejó de ser ficción, se hizo real y cohabitó con la tradición. El alma de la ciudad sobrevivió, derrotó al futuro recorriendo las calles de la información a golpe de algoritmo.

Porque todos pasaremos pero esos momentos nunca se perderán en el tiempo como gotas en la lluvia. Es hora de vivir. Cierra los ojos, es Semana Santa, es el futuro.

sábado, 12 de enero de 2019

EL CARTEL



Os confieso que mi blog tiene un número de visitas irrisorio pero tengo los secretos del éxito, mis estadísticas no engañan, basta atar cabos. Sé cuáles son las teclas que he de tocar para disparar las visitas (os doy solo un ejemplo: basta que me meta con el alcalde). Lo más curioso del caso es que mis chorradas mejores, las más ingeniosas, esas que hasta yo mismo me sorprendo de haberlas escrito, las que me dan seguridad y estímulo para seguir adelante, no las lee ni Dios, y eso que Dios lo ve todo. Os aseguro que mi hermano José Antonio Jiménez, pintor del cartel de la Semana Santa de Málaga 2019, sabe mucho más de su profesión de pintor que yo de mi afición de bloguero, de teclas que tocar.

              Para cumplir el encargo de la Agrupación de Cofradías José Antonio tenía un doble reto, el primero ser fiel a su estilo (le encargaron pintar el cartel precisamente por pintar como pinta) el segundo era gustar y aquí viene la disyuntiva entre gustar al personal estadísticamente hablando (esto es, meterse con el alcalde porque da muchos likes) o cumplir con su deber de cartelista arriesgando con todas las consecuencias. José Antonio, haciendo honor a la Retratada, ha optado por lo segundo, faltaría más. No quiero ni pensar en la birria de cartel que hubiera salido si hubiera pretendido gustar a todos, por ejemplo a ése que lleva una pajarita rosa. Para conseguir adhesiones inquebrantables, como es ésta mía de hoy y para siempre, se necesitan críticas furibundas, esta lección es de primero de asignatura de Jauría Humana.

              A la Virgen de los Dolores del Puente nadie tiene más derecho a pintarla que José Antonio Jiménez, porque no se puede estar cerca de Ella sin quererla y nadie está más cerca de Ella que él. Basta partir de esta premisa para dar por bueno cualquier cartel de la Virgen de los Dolores que salga de sus pinceles, incluso por aquellos a los que legitima y fundadamente no les guste. Del mismo modo que solo se quiere libremente solo podía pintarla en libertad, como ha hecho.

              Me resulta un engorro decir públicamente lo que me gusta del cartel, que se vea éste por mis ojos, que mi opinión influya en los demás. No quiero ni pretendo convencer a nadie, no lo necesito ni lo necesita el cartel, lo haré por un deber de justicia al artista, a mi hermandad, a la Agrupación y a todos aquellos que se han visto representados en él o cobijados bajo ese manto, por cierto, muchos de fuera de Málaga ciudad de los museos. Ojalá esa Virgen sobre el papel representara a todas y cada una pero es inevitable que al escribir personalice, tengo que hacerlo desde el corazón.


              El movimiento. José Antonio ha pintado otros carteles con formato similar pero éste es el primero en que siento que la imagen se mueve, que se desplaza por el papel. Tal vez sea por el eje a la derecha, por la caída del manto, por el contraste entre la pincelada más suelta de la imagen frente a la definición del grafiti… sea por lo que sea en el movimiento ya tenemos algo inherente a la Semana Santa: caminar, avanzar, siempre. La imagen desprovista de trono y palio parece caminar por sí misma, junto a mí, junto a ti, conozco esa sensación.

              El negro. La Virgen va de negro porque así es Ella pero también porque en su simplicidad puede ser todas. Los bordados son códigos de barras que personalizan cada imagen, además estarían fuera de lugar en el entorno humilde en que la Virgen se encuentra. El contraste del negro con el blanco todo un acierto, hablamos de un cartel, aunque no tenga tintas planas no le convienen las medias tintas. Voy a evitar entrar en cuestiones personales pero creo reconocer ese manto, creo saber quién lo cosió y a quién acoge desde el pasado año.

              La pared. Sí, el fondo es una pared, no es un dosel ni un marco malagueño incomparable del que sentirse orgulloso, no es la calle del Centro tuneada con Photoshop para quitar cables, lonas y turistas. Es un muro humilde, tan humilde que se ven los desconchones, y pese a ello resplandeciente con la luz de la cal, que es muy diferente a la de la pintura plástica de fachada de franquicia molona. Esa pared no está en ningún folleto turístico, está en mi calle, está en la vuestra. Esta Virgen no se vende en FITUR, la puedes sentir sin pagar hospedaje porque Ella es el único destino si la quieres visitar, no engaña a nadie. Las suntuosas procesiones esconden un corazón que no cabe en el pecho de grande. En los desconchones se intuyen figuras que hacen volar la imaginación, Castellanos si pudiera asomaría su nariz disfrazado de cara de Bélmez, no se pierde una.

La sombra. Fue la sombra lo primero que me llamó la atención. Esa masa sólida fantasmal apareciendo sin ser invitada sobre la pared blanca. Es gris pero más oscura que el negro manto. Reflejo o antítesis, esa sombra cubre lo bueno y lo malo, osa incluso oscurecer el adjetivo “santa” de la semana en cuestión, con todo lo que esto implica. En esa sombra caben dudas, miedos, errores, decepciones, impertinencias, cobardías… pero esa sombra es también el paño que limpia la ciudad a su paso, que purifica, que elimina el chorreón de Ketchup de la pajarita rosa.

El grafiti. Y sí, ahí están las letras del grafiti, chupando cámara, incordiando, interrelacionando con la Virgen hasta crear una tensión inaudita de la que las redes son la mejor evidencia. José Antonio no es un artista urbano, no podemos juzgarlo como tal. El cartel no necesitaba al mejor grafitero del mundo, necesitaba solo la representación de un gallito de pelea adolescente que nos salga al paso, como los que se reúnen en el cauce del río Guadalmedina los fines de semana, que pregone que estamos vivos, hoy y aquí, que se enfrente a Ella con sus plumas de colores y que salga derrotado delante de nuestras narices, convertido, dispuesto a firmar con spray Su corazón traspasado, a gritarlo por todos los muros. Las letras no tienen que ser ni mejores ni peores, son las que son, como es el que es el prodigio de su corona, la que por cierto gustó cuando se presentó lo mismo que ahora gusta la rotulación. Las letras chillonas hacen de sol de mentirijillas, acarician la pena, atenúan el dolor. Si creéis que la Virgen de los Dolores es triste poco la conocéis. Si acompaña en el dolor es porque es inmensamente feliz en la alegría. Tanto se equivocan los que opinan que la Semana Santa es una fiesta triste como los que piensan que el rigor supone un obstáculo a la felicidad. La Semana Santa es una fiesta popular, carteles o grafitis son lo mismo, gritos orgullosos de lo que se siente, sin vergüenza. Este cartel es un grito para compartir, yo lo voy a gritar fuerte, más que nadie, así que tapaos los oídos.




sábado, 29 de septiembre de 2018

ESTÁ CLAVADA UNA CRUZ EN EL VALLE DEL OLVIDO


            Con la letra alfa del alfabeto griego se grita por aquí el dolor jondo, se dibuja el ojo de una jábega y hasta un pez, ese pez con el que los primeros cristianos representaban a Dios, un símbolo de infinito apenas nos esmeremos un poco en redondear su cola de pescado blanco purísimo.

            Las líneas rectas perpendiculares sobre la casilla de un examen tipo test que decide un futuro prometedor pueden marcar con odio la foto de un ejecutado, conformar las aspas de un molino de viento que algún caballero andante convirtió en gigante, plantear la incógnita de una ecuación por resolver, componer el ordinal romano del número diez o clasificar una película como pornográfica. Son como travesaños de un puente de hierro sobre un río seco, como el avatar de un bloguero o como la mismísima cruz de Cristo. Con las mismas dos líneas rectas que se cruzan unos torturan y otros glorifican. Una misma palabra para leer muerte o vida eterna, a voluntad, la cruz teñida de rojo que marca un hospital de campaña fue una espada medieval manchada con la sangre del contrincante.

            Porque desgraciadamente en esta Torre de Babel no compartimos el mismo idioma, ni empleamos los signos por igual. Como las letras, los símbolos no son nada o pueden serlo todo según se quiera, según se elija o se retuerza su significado. Es el hombre, la sociedad que construye, quien otorga sentido a cada signo en cada tiempo, como puso nombre a los animales que dio muerte hasta su extinción.

            La cruz del Valle de los Caídos, sin moverse ni un ápice, puede dejar de glorificar al dictador golpista que la encargó y ensalzar a todos los inocentes que la arrastraron por la calle de la Amargura de la sierra madrileña, basta querer aprender el idioma, contemplar esa cruz de piedra sin ojos inyectados en sangre seca y no leer su mensaje por la cartilla de quienes la erigieron.

            Mi Cristo no cargó sobre sus hombros un símbolo falangista, aunque fuera algo parecido el madero humillante de un pueblo invasor. Mi Cristo no fue clavado a un monumento franquista aunque lo elevaran para propaganda y aleccionamiento en la cima del Gólgota, el monte de las calaveras de las víctimas de un imperio por conquista, quien así lo lea no me sirve de intérprete ni habla el lenguaje que quiero aprender. Ya estoy aburrido del balbuceo primario del rencor, ya estoy harto de lenguajes impuestos por las emociones de bandos sordomudos. Hay un idioma que apenas hablamos pero que solo aprenderlo daría sentido a la vida. No podemos hablar si rompemos las palabras.

miércoles, 19 de septiembre de 2018

WARHOL


Fiel a mi estilo, como siempre a última hora, acudí al Museo Picasso a ver la recién concluida exposición temporal de Andy Warhol, El Arte Mecánico. Recorriendo las salas del Palacio de Buenavista no pude dejar de ejercer de alguien tan cofrade que no lo parece. A cada obra surgía un guiño, una señal de alerta que me avisaba de lo pop art que puede llegar a ser, y que de hecho lo es, el aparato cofrade.

            El artista americano descubrió al mundo el valor artístico de lo seriado, de lo publicitario, de lo industrial, de lo comercial, de lo cotidiano, otorgando rango artístico a simples objetos de consumo al alcance de todos, enfrentándonos así a la realidad de nuestro tiempo y sublimando nuestra condición de consumidores.

            Tal vez lo cofrade haya recorrido un camino similar pero sin un Warhol que lo reivindique (la mayoría de acercamientos plásticos son siempre desde el kitsch o el mal gusto). Todos los objetos empleados en el simulacro cofrade, o implicados en su difusión, tienen colgado el sambenito de ser obras de artes aplicadas, o la aún mas humillante denominación de obras de arte menor, sencillamente por servir a una función: la religiosa, cultual, decorativa o suntuaria.

            Pero lo más llamativo de esto que comento es la analogía que observé entre muchos de los hitos plásticos warholianos y los concretos episodios de nuestras artes cofrades, desconozco si debido al peso en Warhol de unas creencias familiares, algo bastante probable, o a una fina perspicacia que le hizo detenerse en todo aquello que es popular en cualquier sociedad, incluida la nuestra, queridos cofrades.

            Tal vez me sirvan para explicarme mejor algunos ejemplos. Me centraré en mi hermandad, que para eso es la más pop en mi corazón, y así evitar suspicacias en aquellos de otras cofradías que puedan sentirse ofendidos por gustar más de restar que de sumar mensaje y fuerza simbólica a las imágenes, allá ellos.



            Me llamó la atención el empleo selectivo del oro y la plata en ciertas obras, llamémoslas icónicas, como Marilyn, en un tondo dorado, o Elvis impreso en plata. Detrás de esos tonos podían verse monedas o billetes pero también algo ajeno al lujo o a la ostentación que simplemente se compra con dinero, se intuía un sentido casi devocional.



            A algunos les cuesta asimilar que una simple lata de sopa pueda llegar a estar expuesta en un museo, y más que pueda ser emblema de todo un movimiento cultural, pero tal vez no tanto que este incensario haya acabado siendo protagonista de un cartel oficial de Semana Santa, el del año 1996, precisamente por su carácter representativo de toda la Iglesia de Málaga, ahí es nada para un trozo de latón.



            Jackie Kennedy enlutada en el entierro de su marido tras su magnicidio. Una señora que sufre reconvertida en icono pop, en imagen de calendario, algo racional y estéticamente incomprensible… ¿o tal vez no tanto? La propia Jackie cuenta con reproducciones de otros periodos menos dolorosos, digamos más de gloria, pero no tantos ni tan exitosos como Marilyn, ataviada con infinitos colores para cada tiempo alitúrgico.



             Otra serie, una simples flores repetidas hasta la saciedad en una infinita gama de tonalidades ¿Quién podría prestar importancia a algo así? Nosotros.


            Los cuchillos, utensilios de cocina, en las antípodas de todos los pop stars que Warhol retrató por gusto o por dinero. Ahí están, clavados con las mismas chinchetas y a los mismos muros. Algo me dice que el arte pop y el cofrade se sirven de jeroglíficos parecidos para comunicar.



            La enigmática serie de Mao, innumerables monalisos orientales que sonríen como un actor de cine ocultando la chepa de sus crímenes políticos a la espalda. Esta tergiversación de personalidades malas y buenas no me es desconocida, impresentables personajes secundarios que deberían inspirar terror acaban remodelados por la cercanía en imágenes de camiseta. El Pilatos de San Benito, robando plano y hasta el nombre al mismo Dios enjuiciado, es todo un ejemplo.



            La silla eléctrica, una máquina de matar manipulada e impresa en serie por Warhol hasta idealizarse como si fuera un juguete o un inocente mueble de IKEA no está muy lejos de nuestra reconversión plástica de la cruz, cuya belleza queda muy lejos de aquella sangrienta silla con la que los romanos torturaron y ejecutaron nuestra redención. Los  símbolos de dólar warholiano a todo color son trasunto de los S.P.Q.R. bordados en oro que ahora exhibimos orgullos.

jueves, 6 de septiembre de 2018

TRIDUO AL SAGRADO CORAZÓN DE UN PUEBLO DE LA AXARQUÍA (o pies de foto a tres fotografías no hechas)


Mediodía de tres días consecutivos. Fachada de ermita blanca en la plaza del pueblo, fin de trayecto de caminata para legitimar después las cervezas y más cosas que engordan.

DÍA UNO.
Puerta entreabierta, un Sagrado Corazón de escayola asoma desde el interior del templo a un metro escaso, en el suelo, sobre unas andas sin patas, mirando a la calle, mirándome a mí, con sus brazos abiertos como de portero de discoteca vacía con ganas de abrazar. Sorpresa absoluta. Ajustada la retina a la oscuridad de la nave observo una velilla encendida y después a su izquierda un sagrario antes oculto. ¿Será posible que este Bicho más Feo que un demonio de tamaño académico pintado a pistola, con el corazón por fuera, sirva de algo, que me abra una puerta, que me muestre otra por abrir?

DÍA DOS.
Ermita abierta de par en par, cuatro septuagenarios de ambos sexos barren y friegan la iglesia. Mi Sagrado Corazón de escayola de colores chillones acaba de ser subido a su hornacina, a su izquierda, de pie sobre un banco, un abuelete hace burla imitando la pose de portero con brazos abiertos de aquel Corazón a Jesús pegado, justo como si el mal ladrón tuviera ganas de guasa, libertad de movimientos en el Calvario y bastante barriga. En frente, una beata vieja entre risas inmortaliza la escena con su móvil. Tal vez cualquier generación pasada no fue mejor. Tal vez sea la luna llena del teléfono la que nos transforme a todos en lobos hambrientos de protagonismo para el hombre.

DÍA TRES.
Ermita cerrada a deslumbrante cal y canto. A falta de rayos X para ver cómo está a mi Santo de escayola me concentro en la esfera del reloj de la miniespadaña. Ante ella suelto lastre de alguna oración pesada. Me fijo en un dato inquietante: además de las inevitables horas y agujas que las marcan aparece el nombre del pueblo y un mes, que es lo mismo que nada, el nombre del pueblo por ser obvio, no es una iglesia ambulante, y el dato del mes por no venir acompañado del día y el año. Un mes sin fecha… como un aviso de lo que inevitablemente está por llegar, casillas en blanco de una lápida por completar. 

FUNCIÓN PRINCIPAL
Siempre se me olvida la función principal, otro domingo veraniego de preceptos incumplidos. En mi fin de trayecto deportivo se celebra misa mayor. Del Sagrado Corazón ya ni me acuerdo, por feo. Juro que lo primero que escucho desde el silencio de la calle es la invitación del cura a rezar la Superoración, y yo, sudando como un pollo, rezo el Padrenuestro ¡vaya si lo rezo! acepto su puntual absolución de escayola, su eterna invitación con consumición allá donde dos o más se reúnan en Su nombre.

viernes, 27 de julio de 2018

Sr. DE LA TORRE


            Sr. de la Torre:

            Me dirijo a usted por lo de La Mundial, lo que prácticamente es lo mismo que estar hablando solo, y ello pese a haberme repetido una y otra vez que cada publicación sobre el tema sería la última.

            Se preguntará usted a qué viene tanta insistencia, con la de problemas serios que tenemos en Málaga, e incluso idénticos pero mucho más altos y en el puerto. La verdad, no sabría explicarle, un buen día elegí La Mundial como “mi problema”, como mi parte por el todo de Málaga, y asumí con ello la responsabilidad de proteger este inmueble histórico, igual que usted optó por hacer todo lo posible para demolerlo.

            Consideré que la pensión podía ser un mascarón de proa que marcara por la red el rumbo a una nueva mentalidad ciudadana, una especie de bandera tridimensional con líneas identitarias que ondeara vía hashtag para querer a Málaga, un símbolo contestatario que marcara un antes y un después del urbanismo del pelotazo en el centro, como un reverso luminoso de ese Málaga Palacio contra el que no pudimos combatir, daríamos un golpe en la mesa que impusiera un poco de orden y de paso esa normativa que protegía al centro histórico de estos desmanes.

            Yo ya me imagino por donde irán los tiros de su autodefensa, reducirá la polémica a una cuestión política, ideal para camelar a los de su cuerda, a las partes interesadas en el negocio y a toda esa gente que no sitúa a La Mundial en el callejero pero que se fía de usted, como también yo me fiaba. Para alguien como yo, celoso de su intimidad, decirle en público que lo he votado, romper aquí ese secreto, implica rebajarme hasta lo indecible pero la ocasión lo merece, no me queda otra, de alguna forma tengo que hacerle ver que yo no hablo de ideología, hablo de cómo quiero que sea mi ciudad, que por cierto no será nunca su herencia.

            He visto como se enredaba día a día en su tela de araña tratando de gestionar este problema, como su cabezonería iba dando al traste con cada una de las posibilidades que surgían para dar marcha atrás y poder solucionarlo, que se resumen en una: hacer cumplir la ley sin retorcerla, pero su terco paternalismo lo ha impedido.

            No me venga con gaitas culturales porque esto se lo dice uno que de adolescente se quedó eclipsado ante ese templo laico que es el Museo Romano de Mérida y que tiene enmarcada en la pared de su casa una foto del Kursaal. Un antiguo votante de usted y encima un admirador de Moneo, esto no se lo esperaba.

            Acabo ya recordándole que el Pasillo de Atocha, calle que machaconamente recorro siempre que puedo para usucapirla antes de que me la arrebate, es tan mía como suya, y que yo no le autorizo a que venda lo que me pertenece. Además un consejo, por más hoteles que le construya, recuerde que no llegará turismo de calidad si una ciudad culta no lo recibe, la cultura no se solapa por ordeno y mando, la cultura se acumula y se comparte.

            Por todo lo anterior habrá llegado usted a la conclusión de que con mi implicación he creado un vínculo con el edificio y que si La Mundial es derribada me lo tomaré como algo personal, consideraré que usted ha actuado deliberadamente en mi contra y en contra de los que piensan como yo. Como buen profesional de ganar elecciones sabrá usted que son las emociones las que encumbran o derrotan a los políticos, sean buenos o malos, que por eso los josés bonapartes acaban siendo pepes botellas. Tal vez usted este edificando sobre el Pasillo de Atocha un gran monumento a su soberbia con el que será recordado para los restos, será su Valle de los Edificios Caídos del arquitecto Moneo.

sábado, 14 de julio de 2018

¡AL ARTE CON ELLA!


Os informo de que esa imagen de la capilla del puente ante la que desnudo mi alma fue antes un trozo de madera, algún leño sucio por el que subían hormigas y sobre el que cagaban los pájaros. Ese icono ante el que me ruborizo cuando me acerco a su altar de cultos fue realizado por un tío murciano que hace un par de años ni siquiera conocía, probablemente entre golpe y golpe de gubia se tocaba las pelotas o se hacía píldoras con unas uñas negras, y eso en el caso de que fuera buena persona porque tal vez era un miserable que se aprovechaba del esfuerzo de sus aprendices con más genio y menos fama que él en su gremio. Si desnudamos a mi Virgen hasta la resonancia magnética tal vez encontraremos tornillos que canalicen su energía, como los del monstruo de Frankenstein de la Universal… y así podría seguir un buen rato provocando vuestra indignación, recreándome en cuestiones que os molestaran y que incluso me ofendieran a mí mismo.

            Yo también he sido niño cofrade y pensado como un niño pero hay que madurar y hacerse hombre para pensar como un hombre (los que quieran quedarse en lo anecdótico de esta frase de inspiración bíblica tienen una gran ocasión para criticar mi grave infracción del lenguaje inclusivo, yo sigo con lo mío que no tengo tiempo para gilipolleces) Hasta para alguien como yo, que valora la inocencia como el mayor de lo dones y quebrantarla como el mayor de los crímenes, llega un momento en el que toca hacer frente a la realidad de este mundo/mundillo cofrade, aceptar que la labor del buen cofrade es convertir en altares celestiales cuerpos de andamio manchados de cemento, enmarcar con doseles de terciopelo simples instrumentos, símbolos de los sagrado, de la Verdad, representaciones del sentimiento religioso con las que un buen día alguien tocó nuestra fibra-alma modelando sucio barro con santo trabajo e inspiración.

            Doy las gracias a todas aquellas hermandades que no me tratan como un niño y me exponen, puntualmente y con la mayor dignidad, sus imágenes de culto antes mis ojos como simples objetos artísticos para que pueda analizarlos críticamente en su contexto histórico y artístico, estas hermandades proclaman sin saberlo una oración muda: que los verdaderos Jesús y María están en el cielo y que sus devotas representaciones son solo su lenguaje, permitiendo así elevar el listón para poder erradicar toda esa mediocridad imaginera que llena nuestros templos a bajo precio y peor gusto, y de paso llamar a las conciencias de tantos culturetas que un buen día cerraron las puertas de su mente a la oración en las iglesias pero aún buscan Algo en el museo. He visto más recogimiento y oración en alguna exposición que en muchos besamanos, reconozco que me gustan más las neuronas que las babas.

            Negar a las imágenes religiosas su cualidad de obras de arte implica dejarlas indefensas, quitarles su condición de suprema expresión humana (e incluso divina porque pocas cosas hacen más presente a la Trascendencia en este mundo que la expresión artística), ponerlas a merced del monopolio de la interpretación única de su fin religioso, lo que sirvió de excusa a su destrucción durante tantas furias iconoclastas, y cerrar la posibilidad a su libre interpretación por ojos limpios, libres de prejuicios, los cofrade no somos otra cosa que prejuicios con patas. Reconozco que tener a mi Virgen en la calle a la vista de todos me ha imprimido carácter.

            Tal vez habrá quien piense que mi Virgen, o la suya, no es obra humana, que fueron los ángeles quienes batiendo sus alas multicolores despejaron la astillas de la madera hasta la irrupción de su nacarada efigie, yo prefiero dignificar a los imagineros como artistas, como mano de obra de Dios en la Tierra y valorar sus obras por su calidad, sentir que el alma humana puede hablar con Dios creando instrumentos para ello. No me importa que traten al Verdadero Icono de la Dolorosa del Puente como una obra de arte en un museo porque lo es, lo que me importa es que La confundan con un ídolo, con un becerro de oro pastando sobre su trono porque ni lo es ni debe serlo. El cristal de Su camarín no es transparente, es en realidad un espejo que refleja muchos otros, es el periscopio de un submarino terrenal que asoma hasta la intimidad del tocador de un dormitorio de una casa de oro sita en el mismísimo centro del Paraíso.

            Bastante trabajito cuesta a veces creer en Dios y en su Santa Madre para caer encima en la idolatría, así que paso a la Virgen de los Dolores, la del cielo.


(Fig. 1. Explicación científica de la capilla del Puente de los Alemanes de Málaga)