jueves, 4 de diciembre de 2014

SE ME APARECE LA VIRGEN

La Virgen se me aparece. Ya quisiera yo que fuera como a todo el mundo, en el campo, en pleno derroche de la creación, sobre un árbol centenario cuajado de nidos de pájaros, bajo un campo de estrellas… pero yo vivo aquí, en mitad de un paraíso especulado y por especular, con los únicos trinos de los martillos pilones, pájarracos que tras años de hibernación salen ahora de sus grutas anunciando la primavera electoral, bajo la luz estridente de unas bombillas que ocultan el cielo y que cambian con cada estación.

La Virgen se me aparece en mi mundo, se me aparece en internet, en las ramas de la red. Se aparece en las fotos de las agencias de noticias, en los reportajes de los corresponsales de guerra, casi siempre llorando, clamando justicia con su Hijo entre brazos, como se nos aparece a todos, pero el caso es que incluso cuando cobarde aparto los ojos ante ese dolor y trato de refugiarme en el mundo amable del que evita los problemas se me aparece también milagrosamente. De esas apariciones va este post.

Habrá quien piense que padezco algún tipo de obsesión maniática, yo por el contrario barrunto que tal vez sea hasta sano, que resulte más sensato encontrar a María por doquier que verla sólo en una. La María de Inmaculada Concepción, de gracia infinita, es mucha María para estar sólo contenida en una talla de madera realizada por encargo, por más que ésta sea la más refinada recreación de la belleza de este mundo.

Aquí os muestro algunas de estas apariciones marianas en las que este afortunado bloguero ha encontrado a María en los últimos meses, son ilustraciones, cuadros y obras de arte, estampas laicas que brillan en mi monitor como una danza del sol:


Veo a la Virgen de Belén antes de amamantar a un hambriento Niño Dios en esta pintura hindú de una madre y su hijo de 1810 atribuida a Chokha.


Se me aparece sonriendo a la puerta de una casa en Nazaret en esta escultura china de la Diosa Guan Yin, Dinastía Qing, finales del siglo XVIII.


Confundo un cuadro con un espejo en “Dévotion enfantine”, del austriaco Peter Fendi (1796-1842).


La veo presentida de dolor por el anciano Simeón en este retrato imaginario de Lucrecia, el mítico personaje de la antigua Roma, pintado en 1520 por un anónimo, El Maestro de la Santa Sangre.


Se me aparece con entereza camino del Calvario en esta ilustración de Harry Clarke para una edición de “Cuentos de Misterio e Imaginación” de Edgar Allan Poe en 1919.


La presiento en el Gólgota en esta hada de cuento pintada por el lituano Mikalojus Ciurlionis (1875-1911)


También se me aparece como Piedad en este cuadro de 1897 del Akseli Gallen-Kallela (Finlandia, 1865-1931) quien en realidad pretendía pintar a la madre de Lemminkäinen, un ser sobrenatural de la mitología finlandesa que podía convertir la arena en perlas, en lugar del agua en vino.


Veo la Asunción a lo lejos en esta musa de Alphonse Osbert pintada en 1901.


No es precisamente a Jadwiga, reina de Polonia, a quien veo coronada Reina del Universo en este cuadro del polaco Józef Męcina-Krzesz (1860-1934)


Hay para mí más Pentecostes que psicodelia en “Cuerpo Astral Dormido” (1968) de Marti Klarwein.


Y de Carmelita Estrella de los mares triunfando sobre el demonio en esta ilustración de la diosa japonesa Benten dibujada por Warwick Goble (1862-1943)


Porque con los ojos de la fe Karl Friedrich Schinkel no pintó en 1816 “El hall de Estrellas en el Palacio de la Reina de la Noche”.



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